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Con estas temperaturas tan altas, alrededor de 30 grados a mediados de abril, hemos tenido que adelantar el corte de pelo veraniego. Llevábamos ya varias semanas queriendo hacerlo, pero yo no encontraba el hueco. Ayer por fin apareció.

El primero en ponerse a manos de la peluquera fue Pablo, que rompiendo con su rutina habitual, no se quejó ni una sola vez, ni preguntó cuando se acababa.

Se me va haciendo mayor y soportó como un jabato los pelos por todos lados, que es lo que más le ha incomodado siempre.

He tenido que rendirme a mi empeño de dejárselo largo. Con un pelo tan fuerte y con tanta cantidad, estaba siendo bastante complicado. Hacía por los menos dos años que no le metía la máquina.

Si no lo vivo no lo creo, hubiese pensado que esta fotografía era un simple instante que mostraba tranquilidad, pero no era real. Y sin embargo, si lo ha sido. Tanto se ha relajado, que cuando ha llegado a casa se ha tumbado directamente en la cama, y se ha echado una siesta de dos horas.

Álvaro fue el siguiente en sentarse delante del espejo. Y para seguir rompiendo las reglas, él hoy fue el que se portó mal. Estaba en plan burlón, inquieto, salvaje…

No sé como pudo cortarle el pelo, porque no paraba ni un momento. Tan pronto se estaba tapando la cara con la capa, se estaba comiendo los pelos, levantaba los brazos, se hundía en la silla, como que estaba haciendo caras delante del espejo.

Espero que por su parte, haya sido simplemente un mal día.

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