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Tras el duro acontecimiento sucedido en Coria el lunes, estoy segura que todos los padres, desde el martes por la mañana,  miramos a nuestros hijos de manera diferente. Una mirada llena de una  ternura especial, pero teñida de miedo, de muchísimo miedo.

No es justo ver marchar a un hijo, no existe dolor más grande e incontrolable que ese. Y nadie debería pasar por ese momento.

Desde que soy madre, tengo un único deseo que pido hasta la saciedad y que seguiré pidiendo hasta el último día de mi vida: VERLOS DESPERTAR CADA MAÑANA.

Tengo muchas fotos de ellos durmiendo, desde que nacieron, creo que para recordar esa paz que me transmiten. Es como crear una cápsula del tiempo a la que recurrir en los malos momentos.

E igualmente las tengo en el momento de despertar, cuando perezosos se niegan a abrir los ojos.

O cuando una vez abierto se extrañan de que su madre esté tan temprano, con la cámara al cuello

Cuando fingen que duermen y aprovechan cualquier segundo para seguir en la cama vagueando.

Pero si tengo que elegir, elijo sus sonrisas (aunque sean excesivamente forzadas), sus caras de felicidad, sus juegos con mamá… QUE NUNCA LE FALTEN ESTOS MOMENTOS.

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