Publicado el por & Archivado en FAMILIAS, NIÑOS

La vida está para vivirla, estrujarla y sacarle el máximo de jugo posible. Si lo haces acompañado de tu familia, supone añadir un plus de felicidad. Y las vacaciones son, sin duda, un momento formidable para llevarlo a cabo. Puedes llegar a hacer aquello que sueñas durante el año, pero que cuesta realizarlo por falta de tiempo, ya sea: levantarse tarde, jugar a juegos de mesa, ver películas o series, una tras otra, rebuscar en el trastero, sacar recuerdos y dedicar la tarde entera en verlos… y por supuesto: VIAJAR.

Nosotros llevábamos tiempo con ganas de salir fuera de España, pero los niños eran demasiados pequeños, y sólo veíamos inconvenientes. Este año, y como regalo de mi cumpleaños, mi marido nos ha llevado directos a Londres.

Una fantástica aventura que hemos disfrutado los cuatro, de la que hemos aprendido mogollón, donde hemos pasado las 24 horas del día juntos, sin separarnos ni un instante, hemos andando más que nunca, conociendo así, la resistencia de nuestros peques, hemos comido demasiada comida rápida (eso quizás es lo peor), nos hemos sentido exploradores, extranjeros, perdidos, felices, cansados… pero con ganas de más y más.

Para motivar a los niños y hacerlos más partícipes de todo el viaje, les preparamos un cuaderno viajero a cada uno. En él aparecían monumentos,  rincones de la ciudad, que irían encontrando en nuestras rutas diarias. Lo tenían por escrito y también por imágenes, que recortaban y pegaban en un mapa. Cada noche rellenaban la casilla; ¿Que más te ha gustado del día?, tras hacer un resumen de todo lo vivido.

Nada más llegar al hotel pudimos dejar las maletas, pero no pudimos entrar a la habitación, así que rápidamente cogimos lo más básico: chaqueta y cámara, y nos pusimos a explorar una zona que no teníamos planificada visitar, cercana al hotel. Allí empezamos a encontrar las primeras curiosidades que nos fueron llamando  la atención.

La parada para comer la hicimos en un curioso restaurante llamado Diana. Era como un templo dedicado a ella, todas las paredes que tenían, estaban inundadas de sus fotos. Allí nos lanzamos a  probar el típico Fish and chips, el pescado estaba riquísimo.

De España sólo nos trajimos billetes, así que al pagar conocimos las primeras monedas inglesas.

En el metro obtuvimos nuestra primera foto familiar.

Por la tarde, tras poder entrar en nuestra habitación y coger nuestros enseres de viaje: bolsos de los niños, trípode, el cuaderno viajero, etc. comenzamos la ruta, más o menos programada.

A Tower of London Álvaro llegó dormido. El metro era para él, el mejor somnífero.

Justo al lado, esta el Támesis, y sobre él, Tower Brige. En poco rato, encontraron dos monumentos en su cuaderno.

Tras salir de esta zona nos adentramos en la zona más financiera, llena de hombres enchaquetados con mochila a la espalda y zapatillas deportivas, con edificios altos (raro en Londres). gente acelerada, pocos turistas y también la primera ardilla.

Salimos, y sin dejar de zapatear, nos encontramos inesperadamente con la catedral de St. Paul, donde estrenamos nuestro nuevo trípode de viaje.

En medio día, los niños tenían más de medio cuaderno relleno, lo que les ayudó a subir la moral que se les bajaba con el cansancio.

Los rincones curiosos seguían apareciendo y yo fotografiándolos.

Nuestra idea inicial fue irnos pronto al hotel, descansar y madrugar, pero no lo cumplimos. Estábamos tan excitados, y nos íbamos encontrando tantas cosas, que continuábamos. A mi, el cansancio me lo quitó repentinamente el sol. Tras tener un día gris, con llovizna ocasional, justo cuando el sol se iba a esconder, nos regaló 10 minutos preciosos, iluminando exclusivamente los edificios, saqué el trípode y me hinché a fotos.

Y claro, ya no podía parar, ahora había que aprovechar la hora azul, justo cuando el sol se acaba de esconder. Por lo que los animé a todos a cruzar el puente. Más kilómetros a nuestras espaldas.

Como recompensa, por cruzar el puente y aguantar durante tantas horas, se montaron en el tiovivo.

Y no sólo ellos disfrutaron, yo también.

Y con estas preciosas vistas acabó nuestro primer día londinense. Fueron 15,9 kilómetros andados, muchos lugares visitados, cientos de fotografías tomadas, emociones e ilusiones a raudales…

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